Mi camino hacia el yoga

La primera vez que hice yoga tenía 22 años. Estaba de Erasmus en Bruselas y me apunté a clases. Solo fui a la primera. Me pareció muy lenta y aburrida. Por aquel entonces no valoraba los ratos de quietud y de silencio. No sabía parar. Me parecía una pérdida de tiempo. 

En el año 2019 me apunté a pilates. Descubrí la importancia de la respiración y la atención plena, que me aportaron claridad mental para tomar decisiones importantes en mi vida. Poco después, empecé a meditar, como parte de mi formación en coaching, y lo fui convirtiendo en una rutina necesaria para dormir mejor, estar más centrada y, por ambos motivos, ser más productiva. 

En las tardes de parque, comentando con una madre amiga que hacía pilates y meditaba, me dijo que tenía que probar el yoga, que me pegaba mucho, que seguro que me gustaba. Miré en varios centros que tenía cerca de casa pero finalmente no me decidí a volver a intentarlo. A fin de cuentas con el pilates estaba contenta y mi recuerdo del yoga era soporífero. 

Y entonces llegó el confinamiento y mis prácticas de coaching en las que intercambiaba horas de mi trabajo por horas del trabajo de otras personas. Y así tuve la oportunidad de hacer varias clases online con Nonayoga. La experiencia me gustó. Por un lado porque me permitía bajar el ritmo frenético del confinamiento en el que parecía que teníamos que rellenar cada hora de nuestro día con alguna actividad. Y por otro, porque me permitió mantenerme medianamente en forma en una época en la que batimos el récord de sedentarismo en nuestra vida. Hice otra clase con mi compañera Marta Reguero de Feel Yoga y hace poco otra con Nerea Esbrit, dentro de Espacios CEC, un lugar de encuentro online que nos brinda la escuela en la que me formé en coaching para seguir cultivando nuestros hábitos de crecimiento y desarrollo personal. 

El mes pasado tuve la oportunidad de conocer a Nonayoga en persona y hacer un par de sesiones privadas con ella en un parque. Lo que me llevó a pedírselas es que mis 20 minutos diarios de pilates por libre me estaban empezando a pasar factura. Me dolían las cervicales y la cadera. Tenía miedo de estar haciendo algo mal, de haber viciado algún ejercicio y que fuera peor el remedio que la enfermedad. Este miedo me había hecho ir distanciando poco a poco mis prácticas de pilates hasta abandonar la rutina y casi dejarlas, lo que había hecho entre otras cosas que volviera a dormir peor.  

La experiencia con Nonayoga me pareció brutal tanto que estuve a punto de apuntarme a sus clases grupales semanales pero acabé descartándolo porque entre la clase, los desplazamientos y la ducha, se me iba la tarde y no llegaba a cenar en familia, algo fundamental para mí. Pero planteármelo hizo que rescatara la idea surgida antes del confinamiento de apuntarme a yoga en algún centro por el barrio y justo pasamos por Bikram Yoga Spain donde tenía un reto 30 días 15 clases por 99€. No llegaba a tiempo de apuntarme al reto, que empezaba el 19 de mayo, pero descubrí que el mes de prueba costaba lo mismo y podía ir todas las veces que quisiera. Empecé el pasado martes 31 de mayo. 

Según explican en su web, “Bikram Yoga es una sesión de 90 minutos a 40 grados de temperatura y entre un 40 y un 50% de humedad en la que se desarrollan 26 posturas (asanas) y dos ejercicios de respiración (pranayamas)”. 

El primer día me costó seguir la clase. Había música de fondo, la profesora hablaba bajito y desde donde me puse no podía verla bien. Pero me sorprendió que el calor no era tan insoportable como me había imaginado y me daba la sensación de que los ejercicios costaban menos. Salí chorreando de clase, con la ropa empapada y con la cara tremendamente roja. 

Al día siguiente tenía muchas agujetas, especialmente detrás de los muslos, pero también muchas ganas de volver. Tuve que esperar hasta el jueves. La clase me gustó mucho más. Había aprendido de la experiencia del día anterior y me puse en un sitio en el que podía ver al profesor y sentí que cuanto explicaba en detalle un ejercicio lo hacía para mí y pude empezar a corregir algunas posturas. Así ha sido en las siguientes clases y mis agujetas y mi congestión han ido disminuyendo día a día y empiezo a sentirme mejor. 

Me siento muy identificada con las clases de yoga porque en ellas se trabajan la flexibilidad, el equilibrio, la confianza, el autocontrol, la fuerza, la perseverancia y la paciencia, cosas que habitualmente trabajo con mis clientes y que han sido claves para llegar al punto en el que estoy en mi propio proceso. 

Ser consciente de que la vida es un proceso, con sus dificultades, en el que el objetivo es aprender y ser cada día un poquito mejor, me resulta alentador y las clases de yoga me parecen una interesante metáfora que me ayuda a recordarlo y reforzarlo en cada clase.  

En los últimos minutos de la última clase a la que he ido, relajándonos en Savasana, la postura del cadáver, la profesora nos ha invitado a felicitarnos y agradecernos el haber sido capaces de sacar ese rato para la práctica de yoga y nos ha hecho pensar en la cantidad de gente a la que le vendría bien y no se da ese permiso. 

Yo no he podido evitar emocionarme por el camino recorrido hasta llegar aquí, hasta decidir darme el permiso de desaparecer dos horas de casa para cuidarme, para parar, para respirar… y no sentir como hace 20 años que estoy perdiendo el tiempo. 

Si a ti también te gustaría tener tiempo para ti, apúntate al próximo taller Consigue tiempo para ti o reserva la sesión gratuita de prueba para estudiar la mejor forma de trabajar juntas.

Foto cedida por Nonayoga para ilustrar este artículo.

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